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EL DEBER DE TODO REVOLUCIONARIO ES HACER LA REVOLUCIÓN

El lema preferido de Ernesto “Che” Guevara.

En dicho lema se sintetizan las facetas de la leyenda de su personaje, su contradicción interior, lo mejor y lo peor de el. Y empezando por la frase, dice, que si no se dedican a eso, entonces no son revolucionarios… pero enfatiza el deber.

Solo vale la pena combatir por un tipo de revolución, esa era su consigna, por una idea de revolución, la marxista, pero no cualquier marxismo, el suyo propio, el que había desarrollado a base de engullir libros y de luchar en la guerra. Trataría siempre de ajustar la realidad a la concepción que tenía de revolución, y probablemente sería esto lo que le costó la vida. Una revolución es el resultado de un complejísimo proceso, en el que intervienen infinidad de factores, algunos de ellos incontrolables por su variedad, y otros porque no dependen de la voluntad humana. Un huracán puede, por ejemplo, dar valor a una revolución o echarla por los suelos, por increíble que parezca.

La revolución preexiste, aunque sea como una idea. El revolucionario es el encargado de materializarla en realidad. Me recuerda al Mito de la Caverna, la realidad debe reflejar las ideas, y no surgir las ideas de la realidad.

La idea que tenía el che en mente para la revolución iba mas lejos de enunciar a los cuatro vientos la libertad, la igualdad, la solidaridad… incluía una maquinaria política y social. En primer lugar se necesita un partido comunista único, funcionando el mismo de acuerdo con las normas del centralismo democrático. La economía debe estar centralizada, y lo importante es el proletariado, y tras el, el resto del pueblo. Y por último, la pena de muerte, era otro punto en su idea de revolución. Aquel que explota, que ejerce vejaciones, que humilla al proletariado, ese debe ser ejecutado según la norma. Estas son algunas de las ideas de “la revolución”, la que el consideraba única.

Él mismo escribe que: “no siempre se debe esperar a que se reúnan todas las condiciones para hacer la revolución, el foco insurreccional las hace surgir. Dada una realidad de opresión y explotación, lo esencial es que alguien inicie la rebelión.”

Pero el che fue victima de su propio éxito. Creyó encontrar la formula de la revolución tras su victoria en Cuba. Creyó que el había incendiado una pradera con su chispa, pero la pradera estaba ya a punto de arder…

El Che, que era un gran moralista, estaba convencido de que son los estímulos éticos los que deben regir la existencia, pero trato de conseguir que la economía cubana funcionara con ese criterio, pero el proletariado necesita dinero para vivir, aunque negaba a ojos cerrados las leyes de la oferta y la demanda… Odiaba el dinero. Apelaba al trabajo voluntario, a la entrega personal a la causa del beneficio colectivo. En cierta ocasión escribe: "No he ido a ninguna sala de fiestas, a ningún cine, a ninguna playa... Nunca he visitado a una familia de La Habana. No sé cómo vive el pueblo de Cuba. Sólo conozco cifras y esquemas. No veo ya a la gente sino como soldados de una batalla que hay que ganar como sea". Guevara se dio cuenta de que las cosas no funcionaban. Y lo atribuyó a la burocratización, a la presencia de dirigentes y cuadros ambiciosos, entregados a su promoción personal.

Odiado por Washington, que lo consideraba con razón su enemigo número 1 en La Habana, recelado por Moscú y sus agentes cubanos, que no veían el modo de controlarlo, y tocado por los malos resultados de su gestión al frente de la economía, Guevara se enfrentó a una opción capital: resignarse, doblando el espinazo, o romper la baraja. Opta por romperla.

Guevara se fue de Cuba en dos tiempos. Primero a finales de 1964, tras llegar a un acuerdo con Fidel Castro, que le convierte en algo así como un embajador itinerante de la Revolución. Se entrevista con los líderes de los países llamados no alineados. En Argel llega a afirmar que: “Los países socialistas son en cierta medida cómplices de la explotación capitalista. La Unión Soviética es, en cierta medida, una estafa defendida por un Ejército”. Al volver a la isla, Raúl Castro se le hecha encima, y Fidel, arbitro de lujo, se lava las manos en una acción casi bíblica. Es entonces cuando decide abandonar Cuba, renunciando a todos sus cargos y a su nacionalidad cubana.

En noviembre de 1966 llega a Bolivia con pasaporte uruguayo y un aspecto irreconocible: medio calvo, canoso y con gafas. Tiene la intención de utilizar el territorio boliviano, fronterizo de Argentina, Brasil, Paraguay, Chile y Perú, para montar una escuela clandestina de guerrilleros para toda América Latina.

El resto ya se sabe: su detección, persecución, detención y asesinato.

Sin embargo, ese recorrido obstinado, que le conduce del despacho de superministro que tenía en La Habana a una incómoda selva de Bolivia, donde se debate entre el asma y la diarrea hasta que es cogido prisionero, es el que contribuye a que se siga hablando de él como un héroe. Porque el Che se convirtió con ello, ante los ojos de cientos de miles, de millones de personas, en el símbolo del inconformismo, de la rebeldía, de la renuncia a los privilegios personales, de la resistencia a aceptar mansamente que las cosas sean como son.

Que Hugo Banzer, el sangriento gorila boliviano de los 60 regresado a la política activa, haya asistido a un acto de homenaje al Che, o que Carlos Saúl Menem, el payaso títere de los narco-liberales argentinos, haya decidido sacar un sello de correos con la efigie de Ernesto Guevara, son muestras de la capacidad del capitalismo actual para engullirlo todo y convertirlo en mercancía. Tampoco se me oculta que, si 27 productoras de cine se han mostrado dispuestas a financiar otras tantas películas sobre el Che, no es porque la industria cinematográfica se haya vuelto súbitamente partidaria de la guerra de guerrillas. Al contrario: si se atreve a hablar de ellas es porque ya no las teme.

Si la figura del Che sigue fascinando a muchos es también porque representa la opción de alguien que no se dejó seducir ni por el poder ni por la fama. Porque simboliza la renuncia al éxito y la entrega a la causa de la transformación del mundo sin mística religiosa de por medio: por amor a la lucha, como razón de ser.

Si tuviera que resumir su vida en una frase, elegiría ésta: fue, a la vez, el fracaso del voluntarismo y la victoria de la voluntad.

Hizo lo que pudo. Pero, eso sí, todo lo que pudo, sin reserva alguna.

Eso es, para mí, lo más admirable del personaje.

 

Publicado el 17 de Agosto de 2006 a las 18:27 en wallace17.spaces.live.com.

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